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Día uno: el verdadero comienzo del caso Nisman

10.11.2017 06:38  |  Héctor Gambini  |   | Fuente: Clarín

Itongadol/AJN.- A poco de despertarse, ayer, Lagomarsino escuchó llorar a su mamá.

Fue la señal más contundente que recibió el experto informático acerca de que el extenso letargo en que se había hundido la investigación por la muerte del fiscal Nisman acababa de terminar.

La primera reacción fue lógica: la defensa de Lagomarsino corrió a Comodoro Py a presentar un pedido de eximición de prisión. Es el estudio de Maximiliano Rusconi, uno de los abogados estrella del poder, que se especializa en vender tiempo.

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Rusconi está representando ahora a Julio De Vido, pero se ha topado una y otra vez contra los muros cuando pidió postergar el juicio del ex superministro K por la tragedia de Once, luego eximirlo de prisión por el desfalco en Río Turbio y más tarde apeló cada uno de los reveses que su estrategia de prorrogar, extender, posponer, viene sufriendo.

En el caso de Lagomarsino, la idea fue anticiparse a una sugestiva frase del fiscal Taiano que pidió tomar "los recaudos necesarios" contra el experto informático deslizando que podría "entorpecer la investigación". Llevada al empedrado, la frase significa que habría que detenerlo.

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Fue una tarde vertiginosa: el pedido de excarcelación de los abogados casi se chocó con la orden del juez Ercolini de ponerle a Lagomarsino una tobillera electrónica con GPS para controlarlo hasta el martes, cuando lo tenga frente a frente en su despacho.

¿Qué cambió para volver a zamarrear las fichas inmóviles del caso, al punto de que el juez volviera a decretar un secreto del sumario que sólo suele darse cuando se incorpora nueva prueba?

Ayer fue el día uno en que la enigmática muerte del fiscal Alberto Nisman fue investigada como un asesinato.

La pericia de Gendarmería -hecha por 28 expertos en distintas disciplinas- habló de homicidio y el fiscal podía hacer tres cosas: desestimarla, ampliarla a otras opiniones o convalidarla.

Eligió esta última opción -llamó "trascendental" al trabajo hecho por esta junta interdisciplinaria- y entonces la averiguación de muerte pasó a ser, en su consideración, un homicidio formal, hecho y derecho.

Es lo que dicen los peritos que sucedió aquel 18 de enero de 2015, cuando apenas transcurrían un par de horas del domingo, en el piso 13 de las torres Le Parc. Que hace ya 1.025 días a Nisman lo golpearon, lo drogaron y lo ejecutaron en el baño.

Paradoja brutal y lógica de hierro: el caso avanza porque vuelve al principio.

La estrategia del estudio de Rusconi para Lagomarsino también fue la de ganar todo el tiempo que pudieran. Casi logran, incluso, que la causa se quedara en la justicia ordinaria, donde tenía ya puesto un rótulo inamovible de suicidio.

Salió de ahí por obra y gracia de la querella, que fue empujando el expediente hacia la justicia federal, a pesar de las empecinadas maniobras de los jueces de Justicia Legítima que se aferraban a la causa para negar una y otra vez que la muerte de Nisman pudiera estar relacionada al menos remotamente con su función de fiscal. Un capricho ideológico que dio vergüenza ajena.

Independientemente de esa estrategia curiosa (Lagomarsino quedó pegado a la posición más ultrakirchnerista del caso, aunque Cristina dijera hace dos semanas que el sospechoso era un "furioso opositor" a su gobierno), la cuestión central es que Lagomarsino sólo quedaba afuera del círculo más comprometedor sobre la muerte si se probaba el suicidio.

Cada paso en dirección al asesinato lo atraparía más. Es exactamente lo que está pasando ahora.

Él siempre lo supo, y por eso empeñó toda su energía inicial primero a que se cerrara el caso rápidamente como un suicidio y luego al juego eterno de las chicanas judiciales que postergaran, extendieran, prorrogaran.

Lagomarsino dice que en este caso mienten todos menos él.

Ya dijo en la causa, les dice a sus allegados y probablemente le dirá al juez Ercolini el martes, que Nisman le mintió. Que él no sabía que las hijas del fiscal estaban en Europa cuando este le pidió el arma "para proteger a sus hijas".

Es difícil creer que quien tenía un apreciable grado de cercanía con su jefe, de quien conocía claves de sus computadoras y hasta de una cuenta bancaria en el exterior, no supiera lo básico de un comentario que sería habitual en la oficina más insignificante: que el jefe se iba a Europa a festejarle el cumpleaños de 15 a su hija mayor, algo que habían programado con meses de anticipación.

Para aquella soñada aventura familiar, Nisman había sacado los pasajes el 27 de agosto de 2014.

Tampoco les faltaba una comunicación fluida: en menos de 10 meses -entre abril de 2014 y enero de 2015- Lagomarsino y Nisman hablaron por teléfono 362 veces.

Lagomarsino conocía también a las hijas y a Sandra Arroyo Salgado, la ex mujer del fiscal, y trabajó arreglando las computadoras de todas ellas aun cuando Nisman y Arroyo ya estaban separados.

También trabajó en la computadora personal de Arroyo Salgado en el Juzgado Federal N° 1 de San Isidro. Esa circunstancia hizo que, desde la muerte de Nisman hasta hoy, la jueza utilizara esa computadora sin acceso a Internet, por temor a ser hackeada.

Intercaladas entre los muchos puntos centrales que tendrá que explicar el martes, Lagomarsino debería responder también cuestiones laterales. Pequeños detalles que hacen al todo.

La ausencia de sus huellas en el arma asesina que él mismo entregó; la bala de punta hueca con la que estaba cargada; por qué aparece registrado su ingreso a Le Parc cuando el propio vigilador que estaba de turno dijo que él no lo cargó en el sistema porque Nisman le ordenó que Lagomarsino pasara directamente, y, sobre todo, los pormenores de su enigmático trabajo de acceso remoto a los archivos de Nisman.

Tras la muerte del fiscal, se manipularon datos de su computadora de escritorio y se borraron los últimos mensajes de WhatsApp de su celular.

La investigación avanza también sobre los custodios que debían cuidar a Nisman justamente el fin de semana en que hallaron su cadáver.

Dos del sábado -los que hablaron con Nisman y le fueron a comprar sushi- y dos del domingo, los que tardaron diez horas y cuarenta minutos en entrar al departamento para encontrarlo muerto.

Néstor Durán y Rubén Benítez estuvieron el sábado. Durán subió al departamento con Lagomarsino y luego se fue solo. Benítez trabajó todo ese día sin su celular, porque dijo que se lo olvidó.

Benítez era el jefe de los diez custodios que tenía asignados Nisman y un hombre meticuloso y detallista a quien Nisman había felicitado por escrito ante los jefes de la Federal. Pero trabajó el día antes de la muerte del fiscal sin celular. El teléfono hubiese sido un instrumento eficaz para descifrar sus movimientos durante ese fin de semana.

Luis Miño y Armando Niz son los que lo buscaron infructuosamente todo el domingo, con el celo que hubiesen puesto dos adolescentes distraídos.

Niz halló el cuerpo en el baño aunque no debía estar trabajando ese día: a las 48 horas le hicieron un trasplante de riñón que tenía programado desde varias semanas atrás.

Miño se quedó abajo cuando Niz subió con la madre de Nisman y una amiga, tras buscarlo con una parsimonia exasperante toda la tarde. ¿Lo buscaron todo el día y cuando subieron con el cerrajero se quedó abajo, como si fuese un trámite sin importancia?

Un dato que enumera el fiscal Taiano es crucial para pensar en una zona liberada: Nisman quedó sin ningún tipo de custodia durante 15 horas, entre las 8 de la noche del sábado y las 11 de la mañana del domingo.

Según las pericias, en esa ventana temporal lo asesinaron. Más claro: cuando mataron a Nisman, no tenía custodia.

El verdadero caso Nisman, el de su asesinato atroz cuatro días después de denunciar a la ex presidenta, recién empieza.

Tarde o temprano, la propia Cristina Kirchner tendrá que explicar cómo se enteró de aquella muerte emblemática y qué órdenes dio para que unas horas después caminaran por el lugar, sin control, medio centenar de personas que no sólo no preservaron pruebas sino que actuaron como si hicieran todo lo posible para borrarlas.
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